Tres generaciones

Todo empezó con un jardín repleto de flores y una amplia pumarada. Bancales de lirios, calas y gladiolos, manzanos. Era la década de los 70 y todo aquello lo cuidaban mis abuelos América y Enrique.  

También en este lugar Gelu y Viviana, mis padres, tuvieron un taller de cerámica: pellas de barro, el horno, los tornos, un corcho con curvas de cocción y recetas de esmaltes, la gata Julieta colándose a echar la siesta en la laminadora, encargos, ferias de artesanía.

Ellos construyeron esta casa —la que hoy es azul— y en 1991 decidieron iniciar aquí un camino ligado al turismo rural. Abrieron una de las primeras Casas de Aldea y comenzaron a recibir huéspedes que venían con ganas de conocer pueblos, bosques, artesanía local. Cuidaron los viajes y las estancias como mis abuelos hicieron con la pumarada y el jardín: poco a poco, con atención.

Un ritmo lento conlleva una responsabilidad con lo que nos rodea y, de alguna manera, también envuelve el deseo de buscar belleza en lo doméstico, lo pequeño, lo cercano.

Exterior del hotel en los años 90

En la actualidad

Desde el 2021, somos Aida y David quienes os recibimos y damos la bienvenida. También ese año reabrió sus puertas el taller de cerámica, recuperando así el oficio que durante mucho tiempo fue parte de esta casa.

Desde entonces empezamos a imaginar nuevas formas de habitar este espacio y de vincularlo con lo que nos gusta: los libros, la música, las conversaciones. Así nace en 2024 La Vespertina, un proyecto que acoge residencias creativas y encuentros culturales y desde el que habitamos el mismo lugar de siempre con una mirada abierta y curiosa.

Exterior de hotel en Asturias
Exterior del hotel en los años 90

El Jardín

El jardín del hotel es una amplia finca de una hectárea orientada al sur, luminosa y abierta, con distintos espacios y rincones donde sentarse a leer, disfrutar del silencio o sostener la atención en la naturaleza.

Lo que fue una pumarada, hoy acoge distintos árboles autóctonos como avellanos, robles, castaños o hayas que, con el paso de tiempo, se van acompañando de otros como los arces, el madroño, la jacaranda o el sauce llorón.

Cada estación crea sus propios escenarios. En invierno se ven los narcisos amarillos y las caléndulas; debajo del hórreo, la leña apilada. En agosto, las hamacas están a la sombra del carpe y al lado, los gladiolos y la belladona en flor. 

No sólo los vegetales habitan el jardín, las esculturas también están presentes: piezas de cerámica que se camuflan entre arbustos y que, con el paso del tiempo -como diría John Berger-, se cubren de musgo convirtiéndose así en pequeños animales.